Viceversa
Diciembre 21, 2008 by Primer Palabra
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Por Juan Carlos Gimeno
La utopía como patrón de pensamiento, impulso para actuar, objeto de anhelos, tema de sueños, principio de organización, forma de imaginación y dimensión de sentido, se puede encontrar en todas las épocas, en todos los lugares, en todas las culturas; no sólo en acontecimientos extraordinarios, sino también en las trivialidades de la cotidianidad y de los sueños diurnos de la vida de todas las personas.
Nos parece este, que recogemos de Esteban Krotz , es un buen punto de partida. Las utopías están ligadas a los sueños (no a las fantasías) de vivir en el mundo, de estar en el mundo, de estar bien en el mundo. Todos estos son términos problemáticos, pero se refieren siempre a la dimensión social (o sea cultural), es decir ubicada geográfica e históricamente, en la que operamos como personas sociales (lo decimos aunque sea una redundancia) conscientes del mundo en que vivimos y que elaboramos o reelaboramos (siempre socio-culturalmente) intelectualmente, es decir operando a la vez como analistas del mundo en que vivimos (en búsqueda de la verdad), como personas morales (ligadas a la búsqueda del bien y a la búsqueda de la belleza) y como personas políticas (accionando para combinar la verdad con el bien y la belleza). Nunca hacemos esto a solas, siempre en contextos sociales, es decir con otros y otras y en relación al mundo en que vivimos (con sus historias) lo que quiere decir siempre en contextos de poder y de desigualdad.
Las utopías son esos sueños despiertos que nos proporcionan formas de organizar la vida social de manera emancipatoria.
Sin embargo, lo que conocemos como utopía tiene que ver con una versión particular de estos sueños, vividos en un contexto también particular en el que una Europa que salía de una forma feudal (simplifico) de estar organizada se encontró con “Abya Yala” , al que reconfiguró como “Nuevo Mundo”, el encuentro con “otros”, y la reelaboración de la alteridad. Aquel encuentro modificó para siempre las dinámicas de configuración del mundo abriendo puertas y ventanas para sucesivos encuentros a lo largo de los siguientes siglos y hasta hoy, con nuestra globalización instalada en cada rincón del mundo que habitamos.
La reflexión antropológica tiene su génesis en el encuentro con los otros. Unas veces ese encuentro fue con los otros enemigos o extranjeros, otras con nosotros mismos cuando dejamos de identificarnos con los que éramos sufriendo cambios sociales vertiginosos de ciertos momentos históricos. La antropología como disciplina surgió desde estos antecedentes. El encuentro con el denominado (¿por quiénes?). El encuentro con el denominado “Nuevo Mundo” provocó la reflexión sobre la alteridad, que es siempre una reflexión sobre nosotros, y produjo los primeros debates, máas allá de la esfera de la religión, sobre la unidad de la especie humana, allá en Salamanca en la primera mitad del siglo XVI (De las Casas y Sepúlveda).
El encuentro con los otros de la expansión colonial europea en el siglo XIX constituyó la segunda gran oleada que provocó la reflexión antropológica, ahora institucionalizada en el contexto de la división del conocimiento en base a la emergencia de un paradigma científico de explicación del mundo, que fue relegando las visiones humanistas del siglo XVII y XVIII (como las que representaba Vico) a un cajón de deshechos en donde ahora se encuentran. Este tiempo dio lugar a nuevas formas de comprensión de la alteridad y a nuevos debates sobre la unidad de la especie humana, como los derechos del hombre que llevaron a la época de las revoluciones (inglesa, francesa, de Haití, y de América, arriba y abajo del Río Grande).
La tercera oleada de la reflexión antropológica la vivimos hoy día con lo que llamamos globalización donde los otros y nosotros hemos comprendido que vivimos en un mundo pequeño y limitado. La globalización se ha puesto de moda en los últimos años, pero podemos perfectamente decir que, tal como la definimos, se inició tras la segunda guerra mundial, y produjo formas de comprensión de la alteridad nuevas, y produjo a la vez la declaración de los derechos (individuales) universales. Y hasta hoy.
La reflexión antropológica (y su conexión con la génesis de la antropología) surge pues, una y otra vez, y por lo tanto entra en crisis una y otra vez, en relación a estas condiciones objetivas, de la existencia de mundos de naturaleza diferente, que lleva a reformular las formas de alteridad.
Cuando nos referimos a la “comprensión” estamos hablando de un patrón complejo de estructuras de referencia y actitud, es decir la manera en la que nos referimos a la realidad (es decir como la denominamos inventándola, o seleccionando ciertos fenómenos y relaciones entre ellos, en lugar de otros) y como consecuencia cómo actuamos en ella. Por supuesto, las estructuras de referencia y actitud son terrenos de lucha social y no datos de la naturaleza. Y es aquí donde juegan un papel tanto los sueños y las utopías como la violencia y la fuerza del consentimiento.
En cada momento histórico y en cada lugar las formas de vida están organizadas, mediante estructuras complejas de articulación de todos los ámbitos de la vida humana: actividades, pensamientos, formas de convivencia y relación con otros y otras y con el mundo que nos rodea. La reflexión antropológica ha sido utilizada para inventariar estas estructuras, para entenderlas en síi mismas, para comprenderlas comparando unas con otras, para comprenderlas en sus relaciones y en su contribución a la conformación del mundo como un lugar común. Y esto lo ha hecho la antropología desde una óptica muy particular, desde una atalaya particular: la perspectiva ofrecida desde la mirada de las potencias colonizadoras, con gran interés no sólo en conocer al otro y controlarlo, sino incluso de inventarlo, de definirlo, de manera que fuese de partida objeto de conocimiento y de uso. En otras palabras la antropología ha sido una disciplina de orden, tratando de entender las estructuras de orden de las distintas sociedades y culturas contribuyendo a que fueran ordenadas por las estructuras de fuerza (incluyendo las estructuras de conocimiento) a las potencias coloniales y luego a los estados (en la descolonización política). Es aquí donde la antropología, entendida como institución y no como reflexión antropológica (que es plural y situada), tiene que asumir su dimensión eurocéntrica.
Esta elaboración particular de la reflexión antropológica que se denominó Antropología, con mayúscula, que contribuyó a construir una realidad según designios del poder, contribuyó a la vez a invisibilizar otros argumentos; en particular, el hecho de que toda forma de organización social se ve enfrentada por formas alternativas de organización social. Esto es a lo que se refería el pensador y activista italiano, Antonio Gramsci cuando decía que toda hegemonía conlleva una contrahegemonía. Las utopías se formulan como contrahegemonías y ayudan a florecer ideas alternativas, en un momento histórico y lugar, sobre las formas de organizar la vida social, formas diferentes de unir la verdad y el bien y la belleza. La antropología en su atención a lo “real” ignoró que lo existente no es lo único que puede ser real. Este fue, ¿es?, un defecto de todas las ciencias sociales: ciencias no sólo ordenadas, sino también ciencias de orden, del orden establecido. Allá donde las ciencias sociales, incluida la antropología, miró la alteridad en el tiempo, lo hizo mediante esquemas legitimadores de la autoridad de Occidente y de las formas de poder institucionalizadas, es decir de justificación de los sistemas de orden desde los que se miraba: Esto fue el evolucionismo del siglo XIX, que legitimaba la situación de privilegio de los imperios y su misión moral de dominar el mundo, y esto fue también lo que legitimó el cambio social modernizador del siglo XX, que legitimaba a los vez países (los de siempre y algún otro), las estructuras estatales y las clases sociales (en todos estos países) beneficiados con este orden. Ciencias de la verdad (de lo real) que dejaron de mirar la búsqueda del bien y de la belleza.
Digamos que el problema central de las utopías es que lo son mientras lo son, en cuanto se ponen en la realidad dejan de serlo. Este es un argumento muy serio en relación a las utopías. Ciertamente el sistema soviético de Stalin fue una utopía, como lo fue el sueño diurno de Hitler. Pero también lo es el capitalismo como forma de vida, como sistema civilizatorio basado en la fe en la economía de mercado, sin duda eéste es un sueño diurno muy extendido. Todas estas visiones utópicas acabaron prescindiendo de los hombres y las mujeres de carne y hueso.
Como hombres y mujeres, no podemos dejar de soñar de día, no podemos dejar de intentar emanciparnos; ni podemos renunciar intelectualmente a contribuir a ello. Precisamente, porque las utopías son importantes debemos incluir estos sueños entre nuestros esquemas de trabajo. La utopística, es decir, el análisis de las utopías posibles, de sus limitaciones y de los obstáculos para alcanzarlas fue desestimada históricamente por las ciencias sociales. Pero la utopística como estudio analítico de alternativas históricas reales, incluido el presente, constituye una vía que permite reconciliar la búsqueda de la verdad y la búsqueda del bien.
Ahora bien, ¿los sueños de quiénes debemos incluir en nuestra agenda? Reconsideremos el párrafo con el que empezamos estas páginas. Las utopías se encuentran en todas las épocas, todos los lugares y todas las culturas. Se encuentran como sueños diurnos, vividos no sólo en lo extraordinario sino también en lo cotidiano. La visión utópica forma parte de la construcción del mundo de los hombres y mujeres, tanto aquí y ahora, como antes y entonces No se trata de un no lugar, sino una elaboración desde los lugares; una elaboración necesariamente plural. Podemos hablar de heterotopía entonces, sueños diurnos encarnados en hombres y mujeres de carne y huesos que viven aquí y allá, todos ellos buscando la verdad sin renunciar a combinarla con la búsqueda del bien y de la belleza. Puede que haya, las hay, distintas formas de concebir todos estos términos, pero la búsqueda es común y podemos compartirla. Toda búsqueda constituye un aprendizaje y un enriquecimiento. Compartir la búsqueda es abrir la posibilidad a aprender de los otros y a la vez, y de manera recíproca, estar en disposición de que otros aprendan de nosotros. No es encontrar un término medio, el mínimo común denominador, es sumar nuestras búsquedas al esfuerzo común de vivir en el mundo y buscar los lenguajes para traducir nuestras búsquedas unos a otros.
*Juan Carlos Gimeno. Antropólogo español. Profesor y Director del Departamento de Antropología de la Universidad Autónoma de Madrid. Trabaja en los campamentos de refugiados en el sur de Argelia y en el desarrollo de la Educación Superior para grupos marginales en Guatemala.




